
Para empezar, Pizzu nos dio un alegrón tremendo al confesar que abandonaba la soltería. Semejante anuncio nos agarró a todos desprevenidos, porque nadie sabía de la presencia de este nuevo muchacho en la vida de mi amiga.
Pero más allá de lo contenta que estoy por la noticia, rescato su coraje al decidir avasallarse contra todos los miedos que la soledad le había generado. Y a los cuales se estaba acostumbrando.
Siguiendo con mi Amiga del Alma a quien, hace unos meses atrás, el amor de su vida le confesó que no toleraba los kilómetros que separan Buenos Aires de Santa Fé, dejándola con enojos y lágrimas atragantadas.
Resultó ser que, como parte de su duelo, se armó de un mecanismo para alejar a todo masculino que se le acercara. Se volvió quisquillosa y selectiva, alejándose de los besos y de los amores casuales. Hasta que, finalmente, se cruzó con un apuesto prince charming en el consulado español. Lo rastreó por cielo, tierra y agua, hasta que lo encontró. Y hoy pasean por las aguas del Tigre, en el botecito del caballero en cuestión.
Juana, por su parte, sigue pactando encuentros con sus masculinos de la web.
Es acompañada a recitales, como así también en los viajes del subte o en el piso de juegos del shopping Abasto. Estira sus redes con su simpatía y su sentido del humor. Conquista nuevos barrios y acumula encuentros para cuando termine de rendir.
Yo, en cambio, abandono una semana de paseos por la 9 de Julio con Juan. De caminatas, charlas, carcajadas. De mensajes al celular cada vez con mayor frecuencia, y de sonrisas al encontrarme con ellos. De esperanzas crecientes. De ilusiones surgientes.
Traigo al presente la promesa de un beso que empezó como un juego, y que todavía no se hace realidad. Ese beso imaginario, que cada vez que Juan me lo recuerda me deja una sensación rara en la panza. Ese beso que puede acercarnos, o alejarnos (pero que nos acerque, ¿si?) ..
Y debe ser que algo flota en el aire. Algo que contagia, y hace sonreír. Algo que me hace pensar que quizás, este fin de año, me sorprenda marcando un número de teléfono nuevo; o pidiendo nuevos deseos al chocar las copas en el último segundo; o señalar al cielo los fuegos artificiales, mientras que sujeto fuerte a una mano que me acompaña. Algo que ojalá se expanda cual pandemia y les llegue a todos, porque se siente muy bien.



