29 octubre, 2009

Bandera blanca



Hay que saber decir basta. Gritar hasta acá llegué, y quedar íntegro al terminar: de pie, sonriente, observando cómo avanza el resto. 

Plantar una banderita que de tan blanca semeje a la nieve no es ya sinónimo de debilidad sino todo lo contrario, puesto que requiere de una gran cuota de coraje y decisión. Cuota que creí ausente en mi constante vacilación, pero que acabo de recobrar al decidir dejar una materia de la facultad.

Es que creo que, a veces, es mucho mejor la rendición que la eterna e intangible batalla librada contra uno mismo.
Por eso hoy mis cuarenta y seis kilos con cuatroscientos gramos y yo, decimos basta. 


Hasta acá llegamos.


25 octubre, 2009

Radares



Pip.
Piip.
Pip.

Si el pulso de una onda de alta frecuencia alcanza un objeto, cualquiera sea éste, rebota y vuelve a donde salió: una antena parabólica que varía de tamaño según sea el radar del que se esté tratando. 
De esta manera, se puede calcular la distancia a la cual se encuentra aquél objeto (cuando a simple vista se hace imposible su localización), en función del tiempo que tarde la señal en ir y volver.

Pip. 
Piip. 
Pip.


Hoy me di cuenta que algunas ondas ya no rebotan por acá
Me estaré volviendo indetectable, e incalculable la distancia que nos separa.


22 octubre, 2009

Globos perdidos

¿A dónde van los globos cuando se sueltan de la mano de quien los remontaba en el aire? ¿A dónde van cuando quien sostiene el piolín que los mantiene amarrados se tropieza, o cuando -por descuido, tal vez- los adultos no los sujetan con firmeza y los pierden? ¿En qué rincón del espacio quedarán amontonados mientras los vemos alejarse por la inmensidad del firmamento?

Quedarán solitos en alguna vereda despoblada, quizás, aquellos cuya corta trayectoria los destine al suelo en vez de al cielo. Perdidos. Abandonados. Como el solitario globo amarillo que me encontré hoy mientras iba camino a la facultad, que no tenía hilo alguno que lo arremolinara con el viento ni pedacitos de papel picado que indicara un festejo del cual se escapó sin querer.

Fue realmente triste verlo ahí tan dejado del juego y la diversión, casi abandonado. Aunque la desdicha fue peor cuando descubrí que -así como el globo amarillo- mis ganas, mis planes y hasta mis ilusiones, también se van volando de a una. Y no hay hilo que los retenga a mis manos que anudan cordones, arman trenzas o inventan animales con un guante de látex y algunos marcadores. 

Sólo siento cómo se me escapan cuando, sin querer, tropiezo con recuerdos; o veo cómo se me escurren entre mis dedos que ya no tienen fuerza de tanto asir planes que se deshacen con el tiempo. 
Se me van las ganas lejos, siempre lejos de acá. Remontan hacia un lugar sin nombre ni dirección donde pueda ir a reclamarlas y se acumulan allí, probablemente, junto con otras cosas que voy extraviando con cada ventarrón.

Junto con los globos perdidos que se sueltan, sin querer, de la mano de un chiquito para amontonarse vaya uno a saber dónde.





13 octubre, 2009

Instinto de preservación

Equis y Zeta se llevan mal. Pero mal-mal. Casi no tienen una relación, de no ser porque Zeta está comprometida con el mejor amigo de Equis y a veces no queda más remedio que compartir reuniones o charlas casuales.

Zeta se casa con el mejor amigo de Equis, al tiempo. Y como Equis trabaja editando videos, Zeta le pide la grabación del casamiento. Claro que Equis hace su mejor esfuerzo para evitar dársela, porque -recordemos- se llevan mal. Mal-mal.

Hasta que un día es Zeta la que se cansa y le toca el timbre a Equis. Así, de la nada. Lo arrincona en su propio ambiente y le pide de ser amigos. Amigos de ese momento en más. Porque ella es buena y no entiende la razón por la cual él la desprecia tanto. Amigos a partir de entonces. Y a Equis le parece bien

Resumiendo, Zeta encuentra el video que buscaba y le da play. Ella con vestido de novia, preciosa. Ella sonriendo en la iglesia. Ella de lejos. Ella de cerca. Ella bailando. Ella seria. Ella, ella, ella. Por acá, por allá, por donde se mire: ella. Zeta.

Y la sonrisa de los primeros minutos se llenan de preguntas hacia el final. Que por qué tanto menosprecio, maltrato, enojo... si en realidad no era eso lo que realmente sentía.

Instinto de preservación. Eso fue lo que Equis respondió.



Algunos silencios, algunas censuras, algunas distancias no son más que eso. Pequeños intentos por preservar lo poco que queda de un alma que duele con presentes desgarradores, para poder continuar con la rutina, con el trabajo, con el estudio. 
Para poder sobrellevar los domingos de tormenta y engañar a la triste sensación de la cama vacía al terminar el día.
Para seguir adelante, porque el mundo no se detiene por nadie.


[Para mí, eres perfecta]


04 octubre, 2009

Nancy

Se llamaba Nancy y no había sido sencillo encontrarla, a pesar de contar con su dirección anotada en un papelito minúsculo con letra de hombre. Una galería de la avenida Santa Fé. Un negocio de ropa, como tantos otros. Y Nancy.

Apenas entré, pregunté por ella. Y como si se tratase de una vieja amiga que hacía siglos no veía, extendió sus brazos en un abrazo raro pero confortable. 
Sos igual a tu hermano, repetía mientras me llevaba detrás del mostrador.

Hablaba fuerte y tan rápido que parecía no detenerse a respirar. En menos de lo que tardé en bajar los estrechos peldaños de la escalera caracol que daba al sótano ya me había contado de su jefa que podía aparecerse en cualquier momento, de sus hijas, y de su proximidad al abuelazgo con tan sólo cuarenta y pocos años. 

Dejó sentado en más de una ocasión que lo suyo era mera interpretación. Que era un nexo entre ellas y yo, como una traductora sin certificado universitario (porque para esas cosas no existen academias ni títulos). Que hacía de ese don un pasatiempo.

Juntó algunas sillas alrededor de una mesa y me dio instrucciones que, de los nervios, no obedecí. Barajó. Cortó. Volvió a barajar. Esparció las cartas en forma de abanico, y me pidió que eligiera una. Una solita. Y dála vuelta.

Temblé. Como tiemblo cuando estoy nerviosa o asustada. 

Escogí una carta. La separé del arco iris de papel, y la dí vuelta. Ahí quedó, sola sobre la mesa, acusándome con su dibujo inentendible.
Nancy me miró y se sonrió.

-Estás enamorada.

Y temblé, de nuevo, porque mis sospechas se habían confirmado y la curiosidad saldado.


Era la primera vez que me enamoraba de verdad. Y aquella sería la primera vez que me romperían el corazón, de verdad.