Jueves 11 de Junio
10:39
Rápido, rápido. Hay que levantarse porque el despertador sonó. Rápido. Una chinela, la otra. Rápido, rápido. A la cocina a poner el agua para el té, y la tostadora con un pancito blanco. Mientras, al baño, y después a ver la temperatura en la tele. Rápido, rápido. La polera gris, el jean azul, alguna bufanda. El té que espera en la mesa de la cocina, con la tostada y el queso untable. Rápido, rápido. Queda media taza de té sin terminar, el tapado gris de botones grandes y un beso de hasta luego. Rápido, rápido que el colectivo se va. Hay que correr, porque perderlo significaría quedar esperando quince minutos en la calle desierta del barrio. Y mamá dice que es peligroso. Y yo le digo que caminé mil veces por lugares peligrosos y nunca pasó nada. No tientes a la suerte, pienso. Vamos, vamos que hace frío. Y llega. Y rapidito me subo y le digo buen día, sin esperar respuesta.
Rápido, rápido. Hay que llegar rápido así encuentro un buen lugar en la clase. "No señor, siéntese usted que si lo hago yo me duermo", y no estoy en condiciones de entregarme al sueño que me persigue hace unos días. Rápido, chofer. Que tengo que llegar, y esperar al ascensor, y presenciar la clase que -con suerte- termina antes, y -con suerte- llego antes a casa, y -con suerte- poder dormir la siesta. Pero si no se apura, chofer... rápido, rápido.
Hay que caminar apresuradamente las siete cuadras hasta la facultad porque hace frío, y subo el volúmen del reproductor de música con la intención de poner ritmo a mis pies que empiezan a cansarse.
Rápido, rápido, apuro el paso.
Y lento, muy lento, el random del reproductor me traiciona con los acordes de una canción que me recuerda por qué corro tanto.
Cierto.
Corro porque de lo contrario todo se detendría a mi alrededor.
Corro para esconder el temor a convertirme en estatua de sal.
Corro para no pensar.
Cierto. Corro, de mí.


