Con el tiempo, las grietas confluyen. Aparecen fragmentos de lo que un día estaba intacto, y la pérdida es cada vez mayor.
Desesperados, comienzan la búsqueda de métodos para arreglar lo que ya está roto. Queriendo contener la mayor cantidad de magia que todavía no se disolvió en el aire, ni se acumuló en rincones inalcanzables; queriendo salvar el amor... intentan.
Pero en el medio, hay reproches tardíos. Víctimas y victimarios. Culpables. Brazos cruzados en señal de desacuerdo. Silencio. Intentos, que sólo consiguen incrementar el daño con palabras que no se retractan. Una magia invisiblemente perdida, ya, en algún lado.
Ilusos fueron al creer que con cinta de papel se arreglarían las grietas. Ingenuos, al intentar crear más magia (cuando ésta surge esporádicamente en cada sonrisa, en cada gesto de amor, en cada mirada cómplice). Egoístas, por querer revivir aquello que les alimentaba el corazón (y que ahora moría), sólo para volver a sentirse bien.
Hasta que un día como cualquier otro, alguien dice basta. Termina ignorando los fragmentos estallados que yacen desparramados en el piso del departamento, y barriendo los pocos montoncitos de magia que quedaron olvidados en algunas pocas esquinas. Termina por darse cuenta que no hay intento que valga la pena, porque ya no hay nada por salvar.
Y entonces dibujan un punto final en la historia, con marcador indeleble.
Y entonces hay un acúmulo de bolsos en la puerta de lo que alguna vez fue un hogar.
Y entonces un adiós escueto, con un beso fingido y desconfiado, inicia un camino que se bifurca, a partir de aquella mañana como cualquier otra, en la que uno de los dos tomó coraje y decidió terminar con cualquier intento por recomponer aquello que se agrietó.
Es realmente triste ver morir un amor.
Pero más triste es cuando el protagonista de ese amor que muere, es un hermano. Un Hermano Grande.
