11 abril, 2009

Viendo morir un amor

De repente, algo se rompe. Pequeñas grietas, apenas perceptibles, se hacen presentes y por ellas se dejan escapar diminutos e intangibles trocitos de magia. Esa misma magia que, en un momento, los rebalsó de alegría. Que supo llenarles los ojos de ese brillo especial que sólo los enamorados llevan, y que permitió albergar mariposas en cada espacio de sus cuerpos.

Con el tiempo, las grietas confluyen. Aparecen fragmentos de lo que un día estaba intacto, y la pérdida es cada vez mayor. 
Desesperados, comienzan la búsqueda de métodos para arreglar lo que ya está roto. Queriendo contener la mayor cantidad de magia que todavía no se disolvió en el aire, ni se acumuló en rincones inalcanzables; queriendo salvar el amor... intentan.

Pero en el medio, hay reproches tardíos. Víctimas y victimarios. Culpables. Brazos cruzados en señal de desacuerdo. Silencio. Intentos, que sólo consiguen incrementar el daño con palabras que no se retractan. Una magia invisiblemente perdida, ya, en algún lado. 

Ilusos fueron al creer que con cinta de papel se arreglarían las grietas. Ingenuos, al intentar crear más magia (cuando ésta surge esporádicamente en cada sonrisa, en cada gesto de amor, en cada mirada cómplice). Egoístas, por querer revivir aquello que les alimentaba el corazón (y que ahora moría), sólo para volver a sentirse bien.

Hasta que un día como cualquier otro, alguien dice basta. Termina ignorando los fragmentos estallados que yacen desparramados en el piso del departamento, y barriendo los pocos montoncitos de magia que quedaron olvidados en algunas pocas esquinas. Termina por darse cuenta que no hay intento que valga la pena, porque ya no hay nada por salvar.

Y entonces dibujan un punto final en la historia, con marcador indeleble. 
Y entonces hay un acúmulo de bolsos en la puerta de lo que alguna vez fue un hogar. 
Y entonces un adiós escueto, con un beso fingido y desconfiado, inicia un camino que se bifurca, a partir de aquella mañana como cualquier otra, en la que uno de los dos tomó coraje y decidió terminar con cualquier intento por recomponer aquello que se agrietó.




Es realmente triste ver morir un amor.
Pero más triste es cuando el protagonista de ese amor que muere, es un hermano. Un Hermano Grande.


04 abril, 2009

Como antes

No hay mejor panorama que éste que me ofrece el balcón del departamento de mi abuela, donde desde hace unas semanas he estado refugiándome y conviviendo con mi malhumor y mi desorden.

Es la mañana de un sábado otoñal, y pese a que estas calles siempre son transitadas, hoy pareciera ser la excepción. Pues no veo más que solitarios paraguas en espera a unas gotitas que llenen de sentido al cielo gris, y algunas pocas camperas abrigadas que certifican el comienzo de un nuevo otoño.

Ya para este entonces no hago más que limpiar cada rincón y devolver todas las cosas a su lugar original. Cada taza, cada cubierto, cada jarra. El mantel tejido al crochet, nuevamente a la mesa. Los sillones, acomodados, con sus minúsculos almohadones blancos haciendo juego. Las miguitas delatoras de desayunos en la cama, derecho al balcón. Y allí las plantas, sobrevivientes de mi estadía y mi constante olvido por regarlas, vivas.

Sólo resta repasar algunas esquinas del pequeño departamento, donde todavía quedan rastros de una crisis nerviosa y varias lágrimas. Producto de una semana que me enseñó que, pese a que lo intente, hay cosas que simplemente no puedo controlar.

Fue ese sentimiento de impotencia lo que hizo tambalear mi equilibrio interno, en conjunto con una serie de banalidades que resultan importantes para mi rutina. Pero verlo tendido frente a mis pies, sin posibilidad de siquiera recomponerse, desencadenó unos días de mal humor y discusiones. Sin mencionar las noches de mal dormir, y el silencio al que tuve que acostumbrarme al escoger asilarme en el departamento. Sola.


Pero alguien una vez dijo, sabiamente, que no hay mal que dure cien años. Y aunque esta semana de puros vaivenes emocionales, de soluciones que no llegan, de descomunicación, me haya parecido casi tan larga como un siglo, finalmente llegó a su fin.

Se van con ella el enojo y la bronca, acompañados por la soledad y el silencio. Retornan las sonrisas y el buen ánimo, junto con un módem que vuelve a funcionar y la espera por un nuevo chip para mi celular.

Poco a poco, todo vuelve a como era antes. Antes de la crisis nerviosa. Antes de la impotencia. Antes del malhumor.

En este sábado gris de paraguas esperando una tormenta y camperas aislando al frío, repaso los últimos rincones del departamento de mi abuela. Pensando que vuelvo a estar como antes. Nuevamente comunicada. Internamente equilibrada. Igual de desordenada.


01 abril, 2009

Sleeping to Dream

Un día, Jason Mraz compuso esta canción. Quizás entre insomnios parecidos a los míos, donde el recuerdo de sonrisas que hoy se encuentran lejos juega con el silencio que inunda la habitación. Quizás con algún café con leche semejante al que me acompaña en cada madrugada, cuando mis ojos deciden abrirse y el sueño se escapa por la ventana. Quizás mirando alguna foto en particular, o imaginando rostros.

Lo cierto es que, un día, Jason escribió esta canción.
Y una madrugada, como la de hoy, yo la escuché. No por primera vez, aunque sentí lo contrario.

Desmenucé cada acorde, interpreté cada palabra, imaginé cada frase. Pausé cada silencio, cada bocanada de aire que se le escucha tomar. Lo recreé, en mi oscuridad.

Cerré los ojos, y lo escuché.


Cierren los ojos, y escuchen.
Desmenucen. Interpreten. Imaginen.
Pausen.
Y vuelvan a escuchar, si quieren.


27 marzo, 2009

Imperfecta

No, no soy un ejemplar perfecto.

Tengo un terrible temor a las arañas. No importa si son pequeñas, no importa si son inofensivas, no importa nada de eso. Me dan mucho miedo. En serio.
(Sino preguntale a mi Hermano Pequeño, que en más de una ocasión ha tenido que responder -zapatilla en mano- a mis gritos desesperados)

No me gusta cocinar, y por el momento no pretendo poner energías en hacer que me agrade. Quizás no sea como mi Mamá o mi Abuela, que guardan con recelo sus propias carpetitas con recetas arrancadas de la revista del domingo.

No sé pelear. Y tampoco me gusta.
No logro mantenerme enojada por mucho tiempo, ni es sencillo hacerme perder la cordura. ¡Si me paso la vida intentando mediar entre situaciones conflictivas!

No te rías, pero me pone nerviosa viajar en auto. Prefiero el subte, o un colectivo.
En aquellos viajes donde no tengo otra opción, muerdo mis uñas o sino mis labios. Inconscientemente. A menos que me den charla, y me distraiga.

Hago bolitas de papel con las servilletas. Minúsculos bollitos que tal vez signifiquen algún desequilibrio emocional.
Muchas veces he llegado a armar dibujos con ellos, o simples montañitas sin sentido. En otras ocasiones, sirven de municiones para traerte de vuelta al mundo real.

Heredé los genes de la miopía, de Papá. Y la baja estatura de Mamá.
Hablo poco, y callo mucho. Pienso rápido y doy vueltas.
Lloro más de lo que debería.


Ya ves, lejos estoy de ser perfecta.

Pero puedo transformarte en un verdadero héroe al sólo desenfundar una zapatilla. O bien enseñarte a preparar una ensalada de arroz, atún, tomate, huevo y mayonesa a la distancia.
Puede pasárseme el enojo de hace unos días, con sólo ver un mail que lleva tu nombre en mi bandeja de entrada. Sin decirte nada, porque no vale la pena.
Y hasta tengo la altura perfecta para que, cuando me abraces, mi cabeza quede en el huequito que se te forma debajo de la clavícula, ahí, cerca del hombro (y tus labios queden justo en mi frente). Como si encajara, en vos.


23 marzo, 2009

Desconectada

No voy a hablar más. Al menos, no en defensa de ciertas compañías reconocidas cuyos servicios me eran prestados con eficiencia. Como internet, digamos.

Cansada de escuchar tanta crítica hacia Speedy (mi servidor, por cierto), decidí enfrentarme a mi compañero de facultad que no hacía más que hablar pestes del servicio.
Nunca jamás, desde aquél bendito día en que contratamos banda ancha, tuvimos inconveniente alguno con tal empresa. Nada de conexiones pobres, ni señales intermitentes los días de tormenta. Menos que menos recurrir a algún técnico, simplemente porque su presencia no era necesaria ante la falta de problemas para resolver.

Así fue como me encontré descreyendo de esa creencia popular de que Speedy no traía más que desperfectos en su haber. Y lo dije. En voz alta.

Bastaron cerca de cuarenta y ocho horas, para que me arrepintiera de mis propias palabras. Porque la lucecita del módem que tiene que estar permanentemente encendida, ahora titila. Lo cual nos conduce a una simple frase, no hay conexión.

No, no tengo internet.
No, no puedo chequear las últimas asignaciones de mis materias.
No, no puedo charlar con N.
No, no puedo siquiera entrar al blog y avisarles que sigo viva. Desconectada, pero viva al fin.
No, no pienso volver a defender a estas empresas engañosas en voz alta.


Hasta que el señor técnico enviado por Speedy se digne a visitarme, para arreglar este temita de la intermitencia en una lucecita del módem que debería permanecer inmóvil, me refugiaré en el departamento de mi abuela, que está libre.
Llevo mis libros, de paso, y adelanto estudio. Me encargaré de regarle las plantas del balcón, a cambio.