
¿Dónde quedaron la rayuela y el cielo, la mancha estatua, las figuritas imposibles de conseguir? ¿En qué álbum perdieron su pegamento los stickers de felpa que valían por dos o tres de los otros, al momento de intercambiarlos? ¿Qué destino tienen las tapitas de las botellas, ahora que los chicos no las usan para jugar a golear con sus deditos en los recreos?
Me pregunto dónde estarán los chicos que llegaban con los pantalones rotos a sus casas después de un partidito en el patio del cole. Dónde estarán las madres que remendaban aquellos agujeros con pitucones al tono, una y otra vez. Dónde, las chicas que escondían secretos en cuadernitos que guardaban con cautela y recelo.
Porque los chicos de ahora ya no canjean figuritas; sólo reparten puñetazos y patadas.
Y las chicas de ahora ya no saltan la soga ni juegan al elástico; sólo cuentan besos regalados durante el fin de semana a caras bonitas sin nombre y varios años de más.
¡Ni hablar de las madres! Que desaparecieron de los colectivos inundados de guardapolvos blancos y mochilas pesadas. Esos mismos colectivos en los que me toca viajar a mí cuando voy para la facultad y donde me horrorizo de pensar que la mancha y la escondida ahora son reemplazadas por una rara costumbre de peleas y violencia; de escuchar aquellos secretos que se solían esconder en diarios íntimos, pero que ahora se vuelven nota pública para todos los pasajeros; y de comprender que estos preadolescentes no se parecen en nada a la que yo dejé atrás.
A la que saltaba al elástico en los recreos.
A la que ansiaba llegar al cielo con sólo una piedrita y turnando el pie que se elevaba al aire.
A la que coleccionaba stickers, papel de carta, suspiros, secretos.


