Algunos reencuentros se dan sin necesidad de planificaciones previas cuando dos caminos, bifurcados hace algunos años convergen en una esquina de barrio. Casi como un juego del destino, que pareciera divertirse mientras mueve a las personas como si fueran fichas de ajedrez.
Vos, peón, un paso hacia adelante. Vos, alfil, dos en diagonal.
Hasta que llega un momento en el que, por más movimiento que se haga, uno se enfrenta al otro. Irremediablemente. Como sucedió la noche del viernes, en la que me encontré -por casualidad- con aquél que fue mi novio del secundario.
Muy lejana parece aquella relación que ya no recuerdo por qué motivo terminó. Más de cinco años, y en el medio algún saludo a las apuradas o alguna mueca a la distancia. Pero nunca una charla, un cómo estás. Nunca un café en el medio de las ocupaciones y las responsabilidades.
Es que cada uno siguió su rumbo, probablemente sin interesarse por el otro.
Él estudió y se recibió de chef, permitiéndole ir a trabajar al sur por unos cuantos meses. Pero, al tiempo, la idea de una empresa familiar lo reubicó en Colombia, aunque no por mucho. Y ahora, finalmente dedicado a la música, se codea con personajes que Hermano Pequeño suele escuchar en su reproductor de música.
Yo sigo estudiando para ser médica, a pesar de la crisis interna que sigo batallando. Peleándome con la cocina -cada tanto- y convenciendo a Hermano Pequeño para que me lleve con él en su viaje de egresados a Bariloche. Rodeada de música, sin salir más allá de la Capital Federal, codeándome con los pasajeros de un colectivo que vuelve lleno de gente cansada.
Tantos logros suyos hicieron eco en mis metas inalcanzables, de manera que volví a casa mascullando un amargo Jaque.
Todo hubiera terminado por disolverse con la lluvia de estos últimos días de invierno, de no ser por el mensaje que encontré hoy en mi bandeja de entrada.
Que fue lindo haberme visto de nuevo. Que es bueno saber que ando bien. Que me vio contenta, y le gustó. Que, aunque sabe que no tengo tiempo y quizás suene descolocado, le gustaría invitarme a tomar algo algún día. Que espera que mi vida siga bien. Que me manda un beso.
Tanta palabrería desencadenó un ataque de risa que costó controlar. Y mientras recordaba aquél motivo por el cual la relación finalizó, solté al aire un exultante Jaque Mate.