
Desde que mis clases comenzaron, hace dos semanas ya, nunca logré llegar temprano a la facultad. Ya fuera por una pequeña demora en los subtes, o bien por perder el colectivo correspondiente, terminaba retrasándome lo suficiente como para llegar más que justo a cursar.
Algunos días no era problema, dado que una de mis compañeras gentilmente guardaba un lugar para mí frente al anuncio de mi retraso. Pero aquellos días en que no contaba con su gentileza, sí lo fueron. Así fue como tuve que presenciar una clase sentadita en las escaleras más incómodas de toda la facultad, sin mencionar la lejanía al panel donde se proyectaban las dispositivas que nunca alcancé a ver.
Un buen día decidí modificar la alarma del despertador con esperanzas de que, de esta manera, mis pasos no se vieran apurados por las agujas de mi reloj nuevo que me acusan de impuntual. Y hoy, llegué temprano.
Devolví un libro a la biblioteca, y seleccioné dos asientos en el aula magna de la facultad que empezaba a llenarse. Ubicación ideal para mi miopía, y comodidad de más para mi espalda adolorida por una noche de mal dormir.
Al rato mi compañero se unió al regocijo que aquellos simples lugares privilegiados nos generaba, y al pasar le comenté que sentía un extraño olor en el ambiente.
Cinco minutos de clase fueron suficientes para que, del otro lado de la inmensa aula, alguien exclamara en voz alta que ya era preocupante el olor a quemado que nos invadía desde los pasillos. Preocupada, la profesora decidió ir a investigar.
Otros cinco minutos más tarde se daba por terminado el teórico, y se nos aconsejaba evacuar la facultad.
Una vez afuera, y tras haber avisado a mi familia que estaba sana y salva, me di cuenta que todo había sido en vano. Levantarme más temprano, ducharme velozmente, secarme el pelo e incluso peinarme a la velocidad de la luz, todo todo... para terminar abrumada por las sirenas de los camiones hidrantes tras sólo cinco minutos (¡cinco minutos!) de comodidad.
No hay caso. Estoy destinada a llegar tarde a mis clases, este año.
De lo contrario, la vida se encarga de hacer que aquellas a las cuales llegue temprano y donde encuentre una ubicación privilegiada, se cancelen. Como hoy.

