03 mayo, 2009

Cerrando círculos

¿Y qué si no hay recetas para el olvido? ¿Si todos los trucos que inventamos para borrar un nombre de nuestros labios, o los miles de intentos que llevamos a cabo para no volver a cruzar las mismas calles que antes nos transportaban a un mundo de maravillas y promesas a cumplir, son inútiles? ¿Si por más que sentenciemos a muerte al recuerdo de aquel tiempo compartido, la vida se encarga -en cuestión de segundos- de abolir cualquier posible condena que lleve a esos días pasados a desaparecer?

Porque vuelven. Una, otra y otra vez, como una vieja película proyectándose en el cine de nuestra memoria. 
La lengua amenazada lo nombra. La mente maliciosa lo trae al presente. Un viaje por Buenos Aires de noche muestra de pronto un paisaje antes conocido, antes frecuentado. Y entra por las ventanillas bajas de un auto que busca un destino incierto. Trepa por las rendijitas del aire acondicionado que está apagado. Se ubica en el asiento trasero, y mira.

Me mira. Con esos ojos que ya no recuerdo, pero que sé suyos.
Lo miro. Con estos ojos que ya no le pertenecen, pero que un año atrás se estremecieron al verlo.

No, no hay receta ni poción mágica. No hubo, tampoco, literatura alguna que develara las tácticas para enfrentarme a un fantasma de sexo opuesto que dejó unas cuantas enseñanzas académicas y una sinfonía en mi reproductor de música. 
Enfrentarme y vencer, como anoche. Que me di cuenta cuán distinto era Buenos Aires hace un año, y cuán distinta era yo. Que se cruzó por segundos su nombre, y no me importó. Que me alegré al notar que hay un círculo finalmente cerrado, y que nada que provenga del Doc puede ya afectarme.


Puede que no hayan recetas para olvidar. Puede, también, que sea el tiempo quien se encargue de darnos las estrategias necesarias para que, algún día, cuando la lengua amenazada y la mente maliciosa coincidan en una persona, una situación, no trastabillemos emocionalmente. O puede ser un nuevo amor, quien con nuevas ilusiones y nuevas promesas vaya curando una por una las heridas que van dejando las historias que no son. Que no serán.






Fui elegida, por Blonda, para escribir un cuento, poesía, poema, definición o lo que quiera que incluya las siguientes palabras: VIDA, AMOR, LITERATURA, SEXO, VIAJE, CINE. Lo que acaban de leer, es mi escrito.
Ahora me toca nominar a 6 mujeres para que hagan lo mismo. Ellas son:  Berenice, FlorAkasha, Cherry, Saii, Flora.

(Ah! La nominación viene con premio, chicas)





30 abril, 2009

Lápices de colores

Tengo una caja de lápices de colores sin estrenar que Juana me regaló, una vez. Tienen todavía sus puntas afiladas y siguen manteniento la misma longitud que sólo los lápices nuevos tienen. Buscando otras cosas, hoy me encontré con ellos: doce palitos ordenados por sus tonalidades, esperando algún día que alguien los use.

Guardo la caja dentro de mi placard, lejos de las manos artísticas de mi Hermana y de las visitas inusuales de una pequeña pseudoprimita que los miraría con ojitos de por-favor-prestáme. Lejos de mis ganas de volver a ser chiquita sólo para pasar toda una tarde pintando dibujos, acortando el largo de los lápices, y coloreando unas formas a mi antojo. Inventando un cielo blanco y creando nubes azules con sonrisas y pestañas alargadas. Sembrando flores gigantes en un césped de verdes rayas que semejan un jardín en primavera.

Es tonto guardarlos, lo sé. Pero, ¿para qué quiere un adulto una caja de lápices de colores a mano, si no se puede colorear un exámen, ni mucho menos dibujar una sonrisa con el grafito anaranjado en los labios resecos de tanta ausencia? ¿De qué me sirven los doce colores, si no sé con cuál pintar la distancia, el miedo, o la injusticia con la que hay que convivir todos los días? ¿Cuál sería el objetivo de acercarlos a mi rutina, si por más que les saque punta hasta dejarlos casi insostenibles, mis dedos de adulto no se achicarán, ni la camisa gris se transformará en un tierno vestidito azul haciendo juego con las hebillitas que sostienen mis rulos rubios y despejan mi frente de un flequillo impuesto por Mamá? 


Están guardados. Lejos de todos, y cerca de nadie. 
Y quiero usarlos. Hoy. Que me los encontré, de casualidad, y me dieron ganas de volver a ser chiquita. Para pintar cielos con nubes azules y soles sonrientes. Para sembrar una hoja con margaritas del mismo tamaño de los hombres-palito. Para que se me cansen los dedos de tanto hacer fuerza en el intento por colorear un enorme jardín verde, en esta tarde de otoño.

Para que el tiempo vuele, y no me preocupe por ello.
Para que se me desprenda esta suerte de desgano, y pueda retornar a mis clases.
Para estrenar los lápices de colores que me regaló Juana, una vez.


27 abril, 2009

2020


[para Cosme,
aunque nunca lo leas]

Hace dos años socorrías un ataque de pánico mío en el ascensor que nos llevaba a la biblioteca de la facultad. Éramos recién ingresados, y preguntábamos a cada persona que pasaba en qué piso debíamos detenernos, dónde girar y a quién pedirle el manual de anatomía que buscábamos. Éramos compañeros de estudio, y ya nos sentíamos cercanos sólo por compartir ese sentimiento de incertidumbre que caracteriza a los ingresantes. 

Hace dos años me hablaste serenamente, y me propusiste un ejercicio para calmar esa incontrolable inquietud de sentirme no apta para soportar las demandas de la carrera. Me pediste que me imaginara diez años más adelante. Y preguntaste cómo me veía.
No te respondí, porque no pude hacerlo. No veía a una Flori ya médica, pero tampoco vi alguna profesión en particular. 


Unos días atrás, me encontré con un boleto de colectivo bastante peculiar: estaba fechado en el año 2020. Quizás por error de la máquina expendedora de boletos. Quizás por curiosidades de la vida. Quizás para hacer que, durante todo el día, me imagine en ese año.

Me sorprendió ver una Flori no sólo médica, sino también especializada en algo que no supe discernir. Vi también un trabajo que acarreaba algunas noches sin dormir, pero a la vez descubrí satisfacción y realización en los ojos de aquella versión adulta de mí.  Vi comienzos de lo que podría ser una familia, aunque quizás terminara todo en un corazón roto y varias desiluciones. Vi sacrificios y algunos lamentos, también. Probablemente mucho más sabia, y quizás un poquito más desconfiada. Pero sonreía, como suelo hacer cuando me siento bien con lo que hago.


Hoy volvimos a encontrarnos en la biblioteca de la facultad, solo que, esta vez, nos juntaba para rendir el exámen de Microbiología. Charlamos un poco y después nos separamos (como hace un tiempo atrás).
Fue mientras retornaba a casa cuando me di cuenta que te debía algo. Ahora que estoy cargada de esperanzas nuevas, ahora que no dudo en proyectarme a futuro, ahora que un simple boleto mal calibrado me lleva en un viaje a aquél ascensor, a aquella tarde, a aquél ejercicio improvisado... ahora es cuando siento que te debo esta reflexión

Asique, acá está. 
Gracias.

23 abril, 2009

Decíme





¿Cuántas ilusiones podés embalar en una caja de cartón? ¿Cuánta felicidad podés capturar en bollitos de papel de diario, para proteger su fragilidad instantánea? ¿Qué cantidad de recuerdos ordenás meticulosamente entre vasos de vidrio y platos regalados, para siempre?

¿Qué hacés con las cortinas del baño, las ollas, las mil cucharas distintas (para esos mil platos distintos que nunca cocinaron), los tupper de colores, las ensaladeras, los adornos del living? ¿Dónde acomodás el rencor, la desconfianza, el insomnio, la incomodidad? 

¿Cómo hacés para acostumbrarte al silencio y no molestarte por ello?


Decíme vos, que sabés más que yo, ¿a dónde va lo bueno?






16 abril, 2009

Esperanzas renovadas

La desventaja de estudiar una carrera larga no son los años de dedicación y constancia, como la mayoría cree. No es resignar fines de semana de descanso para poder estar al día con las clases, ni olvidar el significado de la palabra vacaciones. Tampoco lo son las desquiciadas decisiones que tomamos para acortar, aunque sean unos pocos meses, el interminable camino al título que nos certifica como profesionales.

La verdadera desventaja de estudiar una carrera larga, reside en el agobiante sentimiento de saber que todavía falta. Mucho. Poco. Pero falta.

Así entré hoy a la facultad. Refunfuñando por la tardanza del colectivo, a causa de una disminución en los carriles de la avenida Corrientes. Sorteando a los señores que están arreglando los caños de gas de la facultad, y sus materiales. Sintiendo el peso de los años que todavía me quedan de esta rutina monótona.

Así entré, y así los vi. Montones de trajes y corbatas, zapatos elegantes y vestidos hacían sentir incómodos a mi jean y a mis zapatillas de lona. Peinados de peluquería y algún que otro ramo de flores terminaban por completar el panorama.
Hay juramento, hoy, sentencié.

Subí al piso doce, y presencié mi clase. 
Mientras bajábamos por las escaleras, una vez finalizada la cursada, sentimos los cariñosos aplausos que felicitaban a los médicos recibidos. Una de las puertas del aula magna estaba abierta, y entré a chusmear. 

Entre señoras elegantes, emocionadas y efusivas, estaba yo. Viendo la satisfacción en los ojos de esos estudiantes que llegaron. Que gritaban. Que revoleaban los brazos mientras sostenían sus diplomas.
Entre aplausos estruendosos renové mis ganas de seguir. Conté los años que todavía faltan para que esa alegría particular ronde mis ojos, y me di cuenta de que estoy en la mitad. Llevo tres años de carrera, y me faltan otros tres (mínimo) para el título.


Salí de la facultad nuevamente esperanzada. Ya no importaban los señores que arreglaban los caños de gas, ni el colectivo que tarda quince minutos más en llevarme de regreso a mi casa. Ya no me voy a ofuscar al escuchar que alguna compañera del secundario felizmente se recibió de maestra jardinera, o es decoradora de huevos de pascua, o las dos cosas.

Yo estoy en la mitad. Con ganas nuevas.