Quedarán solitos en alguna vereda despoblada, quizás, aquellos cuya corta trayectoria los destine al suelo en vez de al cielo. Perdidos. Abandonados. Como el solitario globo amarillo que me encontré hoy mientras iba camino a la facultad, que no tenía hilo alguno que lo arremolinara con el viento ni pedacitos de papel picado que indicara un festejo del cual se escapó sin querer.
Fue realmente triste verlo ahí tan dejado del juego y la diversión, casi abandonado. Aunque la desdicha fue peor cuando descubrí que -así como el globo amarillo- mis ganas, mis planes y hasta mis ilusiones, también se van volando de a una. Y no hay hilo que los retenga a mis manos que anudan cordones, arman trenzas o inventan animales con un guante de látex y algunos marcadores.
Sólo siento cómo se me escapan cuando, sin querer, tropiezo con recuerdos; o veo cómo se me escurren entre mis dedos que ya no tienen fuerza de tanto asir planes que se deshacen con el tiempo.
Se me van las ganas lejos, siempre lejos de acá. Remontan hacia un lugar sin nombre ni dirección donde pueda ir a reclamarlas y se acumulan allí, probablemente, junto con otras cosas que voy extraviando con cada ventarrón.
Junto con los globos perdidos que se sueltan, sin querer, de la mano de un chiquito para amontonarse vaya uno a saber dónde.


