Volví.
Con más años.
Con un título.
Con el corazón hecho añicos.
Voví.
Con horas de terapia encima.
Con los ojos cansados de tanta tristeza.
Con la angustia de no saber hasta cuándo.
Volví también con varios kilos menos, con más experiencia y mucha incertidumbre.
Con una herida que no para de sangrar por un amor que fue inmenso y hoy se vuelve pequeño entre su silencio y mi desesperación.
Espero volver a encontrarlos, a ustedes.
17 julio, 2013
24 abril, 2010
Chao
Entonces es buena suerte, chau, adiós.
Y lo que sea que pasó en todo este tiempo fue pierdiendo brillo y color hasta quedar como una vieja película de épocas antiguas. Lejana. A medio recordar. ¡Y vos que asegurabas no olvidarte de mí! ¡Y yo que confirmaba quererte por mucho tiempo más!
Será que nos desgastamos de tanto roce, tanta fricción; de tanto enojo y desencuentro; de tanta distancia. Será que nos agrietamos en esta larga espera, que cualquier agresión -por ínfima e insignificante que resulte- fue causa suficiente para hacernos estallar y dejar librados al aire miles de recuerdos y momentos compartidos. Restándoles importancia, o aniquilándolos con silencios.
Será que nos ganó el cansancio, que ni ganas tuvimos de andar juntando los pedacitos de algo que quizás fue inventado. O tal vez haya sido la comodidad de darse por vencido lo que nos devolvió al principio: a ser dos desconocidos de mundos distintos aunque rutinas igual de agotadoras. De besos tibios o amargos -vos dirás- en cada atardecer. Del cuerpo listo para rendirse en abrazos cálidos y el corazón dispuesto a enamorarse perdidamente de quien se desviva por hacernos feliz.
Habrá sido esto o aquello.
Habrás sido vos, o habré sido yo.
Sea como fuere, es así.
Buena suerte.
Chau.
Adiós.
vos,
que todavía pasás..
06 abril, 2010
Desafío(te)

Te juego a ver quién es el que tiene el cuerpo a punto de rendirse, la cabeza al borde del exilio y un pasaje gratuito -en compañia del insomnio- a la tierra de los descansos postergados y el sueño olvidado.
Te juego a ver quién llega más alto en la escala de soportar dolores de muela, días de fiebre y semanas de cócteles de medicamentos.
Te juego, dale, y veamos quién aguanta más en esta rutina que, si no nos destruye, le pega en el palo.
(No vale hacer pido y mirar con los ojos pícaros al cielo,
mientras inventás una excusa para ganar)
14 marzo, 2010
Costumbres
No es culpa mía que me falten palabras de vez en cuando. Que no sepa caminar enredada en abrazos ni que logre controlar mis ausencias terrenales cuando me pierdo entre pensamientos que todavía no puedo compartir.
No es mi culpa si no atiendo alguno de los tres llamados diarios que recibe mi celular, ni respondo los incontables mensajes que llenan el buzón de entrada siempre bajo el mismo nombre. Mucho menos la falta de ganas que siento, a veces, de hacerlo.
No es mi culpa que me quede con besos guardados en algún rincón del alma, que escatime cumplidos y niegue los que recibo, que frunza el ceño cuando escucho promesas.
Es que de tanto silencio uno se acostumbra a la quietud; de tanto hablar para nadie, de tanta falta de atención, uno va olvidándose de preguntar, comentar e incluso destacar los pequeños detalles que se camuflan entre la rutina.
De tanto recorrer las calles sin compañía, siguiendo el acoso del reloj y tras la estela del estado de ánimo, terminé por olvidarme cómo era eso de seguir el paso de otra persona, a frenar en los semáforos en rojo como excusa perfecta para darle luz verde a los besos tiernos, a caminar sin apuro por barrios nuevos con los últimos rayitos del sol veraniego como testigos.
Pasa que de tanta decepción, de tanto dolor, de tanto miedo, me volví arquitecta de mi propia coraza y levanté un muro difícilmente penetrable detrás del cual puedo guarecer besos, te quieros, y demás palabras que no me salen decir por temor a que se desvanezcan apenas las dejo libre. Porque el espacio que dejan cuando nadie se las guarda para sí es tan frágil que se quebraría fácilmente, incrementando el miedo, el dolor, la decepción.
No es culpa mía esta costumbre de preservarme, lo sé.
Y sin embargo vos estás ahí, queriendo saber por qué -de pronto- me quedo en silencio con el ceño fruncido mientras hablás de promesas que no me interesa escuchar, apurando mis pasos. Dándote la espalda. Detrás de mi coraza.
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