18 diciembre, 2008

Mientras tanto

Me cuesta. Mucho. Aunque tenga toda esta paciencia que en parte me es innata, y en parte vengo ejercitando desde hace unos años al tratar con pequeños saltamontes. Pero de todas maneras, hoy me cuesta horrores esperar.

Estar esperando -ayer- desde la una del mediodía hasta las tres de la tarde, por la publicación de las grillas correctas de mi exámen final. Contar los minutos hasta que alguien me dice que tengo que rendir el oral ese mismo día. Y continuar contando los días para llegar a mis vacaciones, porque al final no dan a vasto los diez jefes de cátedra de Bioquímica con los más de mil alumnos que se presentaron al exámen, y por lo tanto me mandan a rendir el oral el viernes a la tarde.

Es este mientras tanto que anoche me encontró llorando en mi cama. Acurrucada, como queriendo abarcar todo mi cuerpo entre mis brazos. Cuerpo cansado de tanto esperar, con hombros contracturados de tantos nervios y pies gastados después de tantas vueltas.
Es esta búsqueda de abrazos y la presencia de este enorme sentimiento de soledad, que no me dejaban dormir a pesar de haber amanecido a las cinco de la mañana para ultimar detalles. Este ansiar un sincero "todo va a salir bien" que me devuelva la claridad que tenía cuando me fui a la mañana. Y que todavía hoy intento recuperar.
Son esas lágrimas que exteriorizaron todo un día de incertidumbres y de desconciertos. 


Una eternidad representada en dos días. Hoy y mañana. Dos días más en los que mi estómago intentará degradar estos nervios, y mis ojos lucharán contra los libros y apuntes. Cuarenta y ocho horas de armar conjeturas, de imaginar infinitos criterios potenciales de evaluación, de recrear supuestas situaciones resultantes y sus repercusiones.
Hoy y mañana, molesta y enojada. Porque no hay nada peor que un exámen que se prolonga por días, que me hace tambalear los planes que estaba organizando, que me quita la ilusión de poder dormir tranquila. Que me atormenta. Que no se termina.

Y así estoy, entonces. Deseando que todo esto no se extienda más allá del viernes. Aguantando. Repasando. 
Haciendo esfuerzos extra en este mientras tanto que me opaca y modifica mi cronograma de fin de año.


15 diciembre, 2008

Countdown




En dos días (o tres, a más tardar) empiezan mis vacaciones. Aquellas que me merezco desde el receso invernal que no tuve, porque los exámenes no se toman descanso. Aquellas que vengo esperando desde hace unos meses, y que en vez de parecer más cercanas simulan alejarse más y más. Vacaciones a las cuales derogué miles de citas al médico, tardes al aire libre en compañía de algún libro bajo algún árbol, bronceados en mi terraza.

En cuatro días, es su cumpleaños. Y no hay madrugada que no me encuentre discutiendo si le escribo, o no. Para desearle felicidad y de paso cerrar esto que sigue resurgiendo cada tanto. Para preguntar por qué se silenció, y prometió algo que nunca cumplió. Para averiguar si ya se hizo hombre-hombre, tal como él dijo una vez...

En nueve días es Noche Buena. En diez, Navidad. Y en el medio, los regalos que ya se empiezan a comprar y la cartita a Papá Noel que quiero escribir para ver si me vuelve la inocencia de creer en algo. Ese algo que me devuelva las ganas de intentar, de bailar porque sí, de sonreír porque sí.

En dieciseis días se acaba el año. Este 2008 que supo hacerme respirar entre risas y lágrimas; que me agregó dudas y me regaló respuestas; que me vio crecer, crecer y crecer. Un año de logros que no se termina, todavía, pero que en el calendario amenaza con unos pocos casilleros sin cruces coloradas.


Es diciembre, y todavía me siento en Junio. A pesar de que en el medio aprobé exámenes, compartí cenas, festejé aniversarios. A pesar de haber creado un espacio para mí, donde poder desahogarme y refugiarme. A pesar de que los adornos navideños de los shoppings donde almuerzo sola me advierten que diciembre llegó, repentino y silencioso. 
Me estanqué en alguna parte de ese Junio; pero de repente abro los ojos y me encuentro con esta cuenta regresiva que nos lleva hacia un nuevo año que espera detrás de las copas de cristal.

11 diciembre, 2008

Olor a Jazmín

En diciembre, mi casa huele a jazmín. El living, los cuartos, el jardín. Todo está impregnado con el dulce aroma de esas delicadas flores, que adornan las mesas en floreros de vidrio. Todo.

Particularmente este olorcito me encanta. Recuerdo que desde pequeña me gustaba amanecer con el arbusto lleno de pimpollos y, a medida que trascurría el día, verlos florecer. Un antes y un después que para mi corta edad significaba mucho más que cualquier germinación fructífera de primaria.

Ya más de grande, me emocionaba con la idea de que alguno de esos amores de la adolescencia se apareciera con un ramito sorpresa sólo para mí. Y sólo una vez así fue.
Mi primer novio, Maxi (el mejor amigo de mi viejo amigo Leo), un día estiró sus manos al verme y esbozó un tímido "tomá, para vos". Alcanzándome las florecillas adornadas con una cinta cuyo color ya no recuerdo, a la vez que la vergüenza le hacía bajar la vista. Pero nunca supo él, que su precioso gesto se me grabó en la retina para siempre.

Los años que siguieron, teñidos de amores pasajeros, me encontraron mirando desde la ventanilla del colectivo a los cientos de vendedores de jazmines que se acumulan en los semáforos en rojo. Preguntándome cuándo volvería a sorprenderme con un ramo acompasando miradas enamoradas. Envidiando a las manos que asomaban por las ventanillas de los otros autos, comprándolos para sus amores.

Hoy me siento en el living a estudiar, y veo a mis flores favoritas adornar el florero trasparente. Inundando el ambiente de un aroma que incentiva mis sonrisas y el recuerdo de aquél primer ramito. Trayendo paz a mi mañana de libros y apuntes. Disolviendo mis nervios y conjeturas. Acompañándome.

Mi mamá se pasa todo el año cuidando su arbusto: lo poda, lo cura de los bichitos que arruinan las hojitas verdes, lo riega. Son cerca de diez meses de cuidado, para casi dos meses de pimpollos que florecen. Entonces mi mamá los corta, y los ubica en determinados lugares de la casa. En esos lugares donde solo ella sabe que perfumarán todos los ambientes.


08 diciembre, 2008

Árbol de Navidad




Hermano Pequeño: Mamá, ¿te acordás de éstas?
Mamá: Sí, tienen como veinte años. Que no se te caigan, porque esas son de las que se rompen en miles de pedazos.. y los vas a juntar vos.
Hermana: ¡Vas a tener que barrer hasta en la cocina!

(Risas)

Flori: Che, hay que comprar más pastito. Ta bien que sean pobres, pero no escatimemos en el pastito.. sino los camellos no van a poder comer nada. 
Hermana: ¡Como si se fueran a morir de hambre! Son de PLASTICO
Flori: Nooo... hay uno que es de porcelana. ¿Será de otra especie?

(Risas)

Hermano Pequeño: ¡noo, mirá esto! (sentado en el suelo, revisando los adornos navideños)
Hermana: ¿sabés de dónde te podés colgar éso? 
Flori: Chee, ¿dónde quedó el espíritu navideño?
Mamá y Hermana: ¡Acá no!

(Risas)




No. No armamos el arbolito este año. Nadie tiene ganas de pincharse con esas ramitas de plástico que tanto fastidian con este calor. Nadie quiere adornar ese metro cincuenta con bolitas de vidrio que conocemos hasta el hartazgo. Nadie quiere probar las luces para ver si andan, y dar vueltas alrededor del árbol acomodándolas. Nadie.

Asique fue unánime la decisión. Ésta será la primer Navidad sin Arbolito. La primera vez que no pasamos una tarde entera discutiendo la edad de los adornos, ni si hay que poner -o no- al niño Jesús en el pesebre.
Recuerdo, sin embargo, los clásicos comentarios que nunca-nunca faltan. Se me vuelven casi tangibles las imágenes de otros años, donde sí seguíamos la tradición. Cuando la inocencia ganaba por cansancio, y lo armábamos igual.

Hoy fue distinto, por primera vez. Yo estudié; mi Hermana estudió y disfrutó de la pileta, junto con mi Hermano Pequeño; Mamá se ocupó de su jardín. Nadie dijo nada del árbol. Nadie tenía ganas. Nadie.

06 diciembre, 2008

Y entonces...

Y entonces me canso de todo, y subo la persiana de la ventana que da al patio. El sol amenaza con altas temperaturas para todo el día, pero no me importa. Que se anime a entrar; que cambie el aire de muchos días de lluvia, pienso.
Prendo la computadora y chequeo rigurosamente los mails, como de costumbre.
Sigo pegando cartelitos en los bordes del monitor, para no olvidar -esta vez- la fecha de inscripción al final de Bioquímica. Y me pone contenta darme cuenta que estoy a unos pasitos del tercer año de mi carrera. Y me felicito por todos mis logros de este año.

Y paseo por mi itunes, mientras recuerdo el reto de mi Hermano Grande por tener 20 gb de música total y completamente desconocida para él. Claro que el reto fue por la cantidad, y no la calidad.. pero mientras él siga agrandando la capacidad del disco, no pienso bajar ese número que semeja mi edad.
Augustana, Athlete, Brett Dennon, ¿Goo goo dolls? ¡Ya sé!, a la vez que le doy play.

Y entonces salto, y canto.
Preparo el baño para la ducha matutina y para sacarme los restos de una (otra) noche de poco sueño. De paso aprovecho y me desprendo también de las palabras.
Me paseo por la casa, oh hurricane; barro la cocina, what you gonna do to us this time?; me baño, oh oh hurricane.

Y entonces, cuando ya estoy mejor, cruzo al quiosco y compro bizcochitos para acompañar al mate.
Y entonces, me pongo a estudiar, tarareando oh oh hurricane.