Estar esperando -ayer- desde la una del mediodía hasta las tres de la tarde, por la publicación de las grillas correctas de mi exámen final. Contar los minutos hasta que alguien me dice que tengo que rendir el oral ese mismo día. Y continuar contando los días para llegar a mis vacaciones, porque al final no dan a vasto los diez jefes de cátedra de Bioquímica con los más de mil alumnos que se presentaron al exámen, y por lo tanto me mandan a rendir el oral el viernes a la tarde.
Es este mientras tanto que anoche me encontró llorando en mi cama. Acurrucada, como queriendo abarcar todo mi cuerpo entre mis brazos. Cuerpo cansado de tanto esperar, con hombros contracturados de tantos nervios y pies gastados después de tantas vueltas.
Es esta búsqueda de abrazos y la presencia de este enorme sentimiento de soledad, que no me dejaban dormir a pesar de haber amanecido a las cinco de la mañana para ultimar detalles. Este ansiar un sincero "todo va a salir bien" que me devuelva la claridad que tenía cuando me fui a la mañana. Y que todavía hoy intento recuperar.
Son esas lágrimas que exteriorizaron todo un día de incertidumbres y de desconciertos.
Una eternidad representada en dos días. Hoy y mañana. Dos días más en los que mi estómago intentará degradar estos nervios, y mis ojos lucharán contra los libros y apuntes. Cuarenta y ocho horas de armar conjeturas, de imaginar infinitos criterios potenciales de evaluación, de recrear supuestas situaciones resultantes y sus repercusiones.
Hoy y mañana, molesta y enojada. Porque no hay nada peor que un exámen que se prolonga por días, que me hace tambalear los planes que estaba organizando, que me quita la ilusión de poder dormir tranquila. Que me atormenta. Que no se termina.
Y así estoy, entonces. Deseando que todo esto no se extienda más allá del viernes. Aguantando. Repasando.
Haciendo esfuerzos extra en este mientras tanto que me opaca y modifica mi cronograma de fin de año.

