Me doy vuelta, otra vez. Acomodo las sábanas y pateo los almohadones. Me estiro, pero mi vientre me recuerda que mejor es quedarme como antes. Vuelvo a acurrucarme. No hay caso.
Tanteo el teléfono y presiono una tecla. Cualquiera. Amenazo a la oscuridad de la habitación con el brillo de la pantalla que me da la hora. Tres y diez. De vuelta a colocarlo boca abajo, y vence la oscuridad.
Miro el techo. Muevo los ojos. Me doy vuelta. Acomodo las sábanas. No hay caso.
Converso conmigo misma. Me prometo cosas, y me pregunto otras. Charlo con alguien, pidiendo señales.
Recuerdo.
Siento los labios secos y al sueño lejano. Siento otra noche sin dormir, que se avecina. Lástima no tener esos tecitos relajantes, compañeros infaltables en la alacena de los desvelados. Pero no en mi casa, porque todos duermen. Todos menos yo.
No tendré solución para atraer al sueño, pero al menos rehumedezco mis labios. Mi garganta.
La lámpara de la cocina es quien amenaza, esta vez, a la oscuridad de todo el resto de la casa. Miro el reloj de pared. Tres y veinte. Un diario de días pasados, con los acertijos sin resolver, hacen que las agujas del reloj se muevan un poco más rápido. Cuatro menos cuarto, y el diario abandonado en la mesa de la cocina.
De vuelta entre las sábanas, cierro los ojos. Prendo el reproductor de música, pero me avisa que la pila no durará mucho tiempo. A las cuatro, se apaga. Y yo sigo sin dormir.
Me doy vuelta otra vez. Acomodo las sábanas otra vez. Pero no hay caso.
Siento un ligero caminar sobre el piso de parquet. Me levanto y saco a la dueña de aquellas cuatro patitas a la cocina, donde debería descansar. Llevo hojas en blanco y una lapicera. Cuatro y cuarto.
Escribo. Tacho. Rompo hojas. Escribo de nuevo, con otras oraciones tachadas.
Apollo mi cabeza entre mis brazos, sobre la mesa. Me quedo pensando, mirando el reloj, mirando hacia el cielo oscuro del patio. Y me duermo. No mucho.
Ya son más de las cinco y el oscuro cielo se convirtió en un juego de azules y celestes. Un precioso degradé azulino brilla afuera sólo para mí. Y retomo la escritura, entre bostezos. Y pienso el título. Y recreo la imágen.
Miro por la ventana hasta que este espectáculo culmina, dando por resultado un amanecer. Vuelvo a mis sábanas, a mis vueltas, al teléfono que me advierte que son casi las seis de la mañana.
Con los ojos cerrados y el sueño abrazándome, sonrío al pensar que este insomnio, en realidad, sólo quería mostrarme este amanecer. Mi primer amanecer de este año nuevo.

