03 enero, 2009

Insomnio

Me doy vuelta, otra vez. Acomodo las sábanas y pateo los almohadones. Me estiro, pero mi vientre me recuerda que mejor es quedarme como antes. Vuelvo a acurrucarme. No hay caso.
Tanteo el teléfono y presiono una tecla. Cualquiera. Amenazo a la oscuridad de la habitación con el brillo de la pantalla que me da la hora. Tres y diez. De vuelta a colocarlo boca abajo, y vence la oscuridad.

Miro el techo. Muevo los ojos. Me doy vuelta. Acomodo las sábanas. No hay caso.
Converso conmigo misma. Me prometo cosas, y me pregunto otras. Charlo con alguien, pidiendo señales. 
Recuerdo.

Siento los labios secos y al sueño lejano. Siento otra noche sin dormir, que se avecina. Lástima no tener esos tecitos relajantes, compañeros infaltables en la alacena de los desvelados. Pero no en mi casa, porque todos duermen. Todos menos yo.

No tendré solución para atraer al sueño, pero al menos rehumedezco mis labios. Mi garganta. 
La lámpara de la cocina es quien amenaza, esta vez, a la oscuridad de todo el resto de la casa. Miro el reloj de pared. Tres y veinte. Un diario de días pasados, con los acertijos sin resolver, hacen que las agujas del reloj se muevan un poco más rápido. Cuatro menos cuarto, y el diario abandonado en la mesa de la cocina.

De vuelta entre las sábanas, cierro los ojos. Prendo el reproductor de música, pero me avisa que la pila no durará mucho tiempo. A las cuatro, se apaga. Y yo sigo sin dormir. 
Me doy vuelta otra vez. Acomodo las sábanas otra vez. Pero no hay caso.

Siento un ligero caminar sobre el piso de parquet. Me levanto y saco a la dueña de aquellas cuatro patitas a la cocina, donde debería descansar. Llevo hojas en blanco y una lapicera. Cuatro y cuarto.
Escribo. Tacho. Rompo hojas. Escribo de nuevo, con otras oraciones tachadas. 
Apollo mi cabeza entre mis brazos, sobre la mesa. Me quedo pensando, mirando el reloj, mirando hacia el cielo oscuro del patio. Y me duermo. No mucho.

Ya son más de las cinco y el oscuro cielo se convirtió en un juego de azules y celestes. Un precioso degradé azulino brilla afuera sólo para mí. Y retomo la escritura, entre bostezos. Y pienso el título. Y recreo la imágen.
Miro por la ventana hasta que este espectáculo culmina, dando por resultado un amanecer. Vuelvo a mis sábanas, a mis vueltas, al teléfono que me advierte que son casi las seis de la mañana. 

Con los ojos cerrados y el sueño abrazándome, sonrío al pensar que este insomnio, en realidad, sólo quería mostrarme este amanecer. Mi primer amanecer de este año nuevo.




31 diciembre, 2008

Mis razones

Por algo no quiero que se termine este año. Alguna razón debo tener para rehusarme a despedir este 2008 que tiene sus valijas preparadas, unas gafas oscuras, y el pasaje al cielo de los años pasados en una de sus manos; que está listo para partir, para siempre.
Y no tengo una, sino muchas.

Por eso quería recopilar todas aquellas razones de sonrisas que me regalaron distintas personas. Todos aquellos motivos por los cuales insisto en que mejor nos quedemos con este año, que tantas vueltas supo tener.


"holis, muñeca"

"necesitás alguien que se ocupe un poco de vos"

"vas a ver que te van a dar ganas de abrazarme, y apoyar tu cabecita en mi hombro" (escuchando este tema)

"Q U I E R O   V E R T E ! ! !" (apenas le dije hola, largó la bomba)

"cero mala onda.. te tengo a vos. Muas"

"das lindos abrazos" 

" hace 6 años dejaba a una persona por estudiar; ahora, dejo al estudio por una persona. Es paradójico. Y tengo exámen en dos días eh, y final en 4, y tengo re claro que quiero ser médico y que quiero graduarme en julio. Pero si me preguntás en este momento qué prefiero hacer, te diría invitarte al cine" (y ahí me temblaron las piernas)

"si querés, voy a hacerte de apoyo logístico. Para eso estamos las amigas"

"Él: Quiero que sea sábaadoooo.. ay, no se que me pasa!
Yo: qué pasará el sábado, q tenes tantas ganas de que llegue..
Él: te voy a veeeer!"

"somos thelma y louise, bonny y clide, wesley y snipes, jony y tolengo, el gordo y porcel"

"te extraño un poco, muñeca"

"vos sos como un mimo al alma..."


La lista sigue, en mi mente. No así acá, pues el trabajo de buscar aquellas frases o fragmentos de recuerdos me ha dejado una montañita de lágrimas al lado del monitor. Y las mismas preguntas de siempre.
Distintas personas me regalaron esos momentos. Sus palabras fueron causas de sonrisas y de sentimientos que alimentaban mi ser. Sentirlos del otro lado, con su sinceridad entre cada letra, abrigaba aquella amistad, aquella relación que prometía aquél futuro incierto.

Estos son algunos motivos por los cuales no quiero terminar el año. Porque siento que los dejo atrás, con posibilidad de olvidarlos para siempre. Tampoco quiero que, al recordarlos, diga "un año atrás, sucedía esto o alguien me hacía sentir especial con aquello". No quiero. Porque en un año nace una criatura; en un año somos víctimas de una montaña rusa de sentimientos que nos modifican y condicionan; en un año el árbol de mi casa deja caer sus hojas secas al suelo, para luego ver nuevas hojitas verdes crecer.

Así será mi despedida, entonces. Mascullando buenos augurios para todos, y agradeciendo aquellos que recibo. Queriendo creer que todas esos buenos deseos de felicidad van a hacerse realidad. Cruzando los dedos para que así sea. Y brindando a cada rato para bajar esta mezcla de sentimientos que se me atoró en la garganta desde anoche.


A ustedes, ¡feliz comienzo de año nuevo!
(en serio, que sea feliz)


27 diciembre, 2008

Historia común




Chico conoce a Chica. De una manera poco convencional, pero sumamente divertida. Comparten una Navidad junto con los familiares de ella, y varios bailes alrededor del Arbolito que toma aire en el patio de la casa.

A Chico le gusta Chica. Pero no hace más que elogiar sus logros académicos. No se acerca tanto, pues está en terreno desconocido y teme lo que pueda pasar. 
Chica, por su parte, siente que Chico tiene un no-se-qué que le agrada.

Chico contacta a Chica, al tiempo. Luego de meses de silencio, encuentra alguna excusa sin sentido para llamarla, para tenerla presente. 
Chica sonríe, ilusionada.

Chico se encuentra con Chica, y finalmente la besa. Habla en futuro y menciona algunas promesas. Pero oculta otras cosas. 

Dos meses pasan hasta que, ya con el agua hasta el cuello, Chico le confiesa a Chica que en unos días va a ser papá. Que siempre lo supo y siempre asumió su rol, pero que nunca quiso decírselo por temor a perderla.
Chica, con diecinueve años, no lo entiende. Siente que su mundo se deshace entre aquellas palabras que salen a la luz. Un corazón se rompe mientras las ilusiones se desvanecen. Ojos que derraman lágrimas de odio y desazón.

Pasado un tiempo, Chico le escribe a Chica. Para hacerle saber todo lo que ella significó en ese corto tiempo. La mujer de sus sueños, le puso; todo lo que cualquier hombre podría pedir a su lado. 
Chica, desconcertada, no lo cree. No entiende cómo su sencillez y sus sonrisas pueden hacer a un otro tan feliz, transformándola en aquella especie de idealización onírica. 
No responde, tampoco. 


Historias comunes como ésta son las que apagan esas ganas de creer que todos son buenos. Son estas situaciones las que le roban pedacitos de su ingenuidad, obligándola a crecer de golpe, a ser calculadora e imponer distancia. Son estos secretos, ese corazón roto, los motores de la búsqueda de mecanismos de preservación.
Hoy Chica no voltea cuando alguien habla de Chico ni de la criatura que nació de una relación sin futuro. Sólo escribe, sin detalles, mientras escucha este tema
Se siente raramente especial. Al menos para alguien, lo fue.





23 diciembre, 2008

Hace un año...

Debe ser la época del año. O la costumbre de siempre sacar en limpio las cosas buenas y las malas que acontecieron en cierto tiempo. En trescientos sesenta y cinco días, por ejemplo. En un año. 
Balances. Comparaciones. Recuerdos.

Estábamos camino a un almuerzo de fin de año. Pizzu, sentada delante mío, se dio vuelta de repente.

Pizzu
¿Vos te acordás cómo estábamos, vos y yo, hace un año?

Flori
ehm, no me acuerdo.. ¿me ayudás a hacer memoria?


No hubo necesidad, en realidad. Al instante los recuerdos cayeron de algún lugar de mi memoria y pasaron velozmente por mi retina. Todo, sin escatimar en detalles.

Hace un año, para este almuerzo, yo traía una noticia a cuestas. El chico con el que había estado saliendo por dos meses había confesado que iba a ser padre, y pocos días antes de Navidad la criatura nació. Imagínenme: con diecinueve años, una completa ingenua, y ya las ilusiones por el suelo. Venía de un amor que no había podido ser, y de repente llegaba Rober -con quien todo podía ser- y me revelaba su secreto. Pero lo más doloroso fue su confesión a último momento, y no en aquella primer instancia donde yo podía tomar la decisión de emprender un camino a su lado a pesar de su futura condición de padre de familia. 
No, no lo hizo. 

Hace un año pasaba al segundo año de mi carrera. Ponía fin a casi diez meses de corridas, de primeros finales, de noches sin dormir. Mis primeros litros de café, la búsqueda de métodos para permanecer más horas despierta, los domingos de estudio compartido. Los llantos pre exámen que exteriorizaban esa mezcla de ansiedad y nervios que se nos formaba en el estómago. Y que todavía se nos forma. El primer recuperatorio. La nota en la libreta que me habilitaba a gritar que ya estaba en segundo.

Hace un año Pizzu y yo compartíamos la soltería. Aunque ella contaba con su muchacho, éste no lograba administrar sus tiempos de manera óptima, quedando mi amiga a la deriva en más de una ocasión. 
Yo a la deriva, también, por la desconfianza que empezaba a crecerme dentro. El miedo a intentar sentaba presencia, y me excusaba en el estudio para evadir las presentaciones que mis amigas planeaban. 

Y sin embargo, acá estoy. Un año después. 
Sin molestarme al escuchar lo divertido que fue el festejo del primer año de la criatura, y sin siquiera preguntarme si debiera escribirle al padre. Felicitándolo. 
Intentando creerme cuando la nota en la libreta me anuncia que estoy en tercer año de Medicina. Nota que no es de mi agrado, pero que tengo que comenzar a aceptarla. Como también tengo que aceptar que estos nervios y ansiedades estarán conmigo por siempre, incluso después de recibirme. 
Mirando cómo Pizzu disfruta de su reciente noviazgo, y deseando que en algún momento yo me vea tan feliz como ella.

Así estoy, un año después. Con menos sonrisas y un poquito más dañada; calculadora y selectiva; con la certeza de saber qué es lo que quiero. Con más música en el itunes y recuerdos en cada canción; con la compañía de un libro que me tiene atrapada, y que llevo conmigo todo el tiempo. Escribiendo más y hablando menos. Cambiando el café por el té.
Con la firme convicción de que él tiene que estar en algún lado. Que seguramente se semeje un poquito al doc, y también a aquél muchacho que no pudo ser. Que no se va a ir, porque no tiene que hacerlo. Que me va a hacer lucir como mi amiga... tan feliz y radiante.

Un año después, acá estoy: haciendo mi propia lista de recuerdos impulsada por la pregunta de Pizzu...

20 diciembre, 2008

Carta de Navidad

Para vos, que en algún lado tenés que estar porque así me dijeron cuando era chiquita. Porque así les digo yo a ellos, cada vez que preguntan tu domicilio.
Para vos, que adelgazaste y te recortaste la barba, que cambiaste a los renos por el bastón mágico de Wally, que actuás a través de otros adultos porque son muchos los niños que todavía imaginan con verte a las doce entre los fuegos artificiales y entonces allí tenés que estar, para ellos.
Para vos, mi lista.

Quiero ilusiones nuevas. Muchas. Pero esta vez dejáles el recibo, así puedo devolverlas en caso de que generen corazones rotos o decepciones atroces. 
Quiero respuestas, reencuentros, nuevas amistades, muchos más logros y menos incertidumbres.
Quiero amaneceres para disfrutar en compañía de quien se atreva a compartir ese momento que se nos escapa, usualmente, por estar durmiendo.
Quiero pilas de sonrisas, y algunas lágrimas. De esas que me saltan cuando se conjugan con una panza adolorida que acompaña un puñado de carcajadas.
Quiero menos miedos, y más coraje. Para avanzar, en vez de estancarme.
Quiero charlas. Con mis amigas. Con mis hermanos. Con desconocidos. 

Y, por supuesto, también quiero un mp3 nuevo porque el mío un día decidió dejar de encender; algunas remeritas para renovar el placard; esos zapatitos que vi y me encantaron; algún perfume nuevo, así Mamá deja de quejarse que le uso siempre el mismo; el libro que hace mucho quiero leer, y algún que otro que me sorprenda; un cuaderno no muy grande (pero tampoco muy pequeño) para llevar a todos lados, porque la libretita rosada comienza a amenazar con acabarse y me gustaría estar lista para ese momento.


Sí, sé que estoy pedigüeña este año. Pero me lo merezco. Yo lo sé, y vos también. Donde sea que estés (porque tenés que estar, en algún lado), sabés que lo merezco.