Alguien me busca. Me escribe. Me deja saber que, de repente, se acordó de un viejo mensaje. Con un viejo truco quedo intrigada.
Yo respondo, quizás, dejándome encontrar. Releo aquél mensaje viejo y capto su objetivo. Releo el nuevo mensaje y no lo entiendo. O no lo quiero entender. Y pregunto cuál es el fin del mismo.
Alguien cuestiona si todo tiene que tener un fin ulterior; le explico que sí. Entonces él se atreve a jugar con mis palabras, y cambia fin por comienzo y ahí entiendo todo. Todo lo que antes no quería entender. Martín quiere un nuevo inicio.
Me cuestiono su deseo. Me enredo entre miles de pensamientos y conjeturas; analizo aquellos motivos por los que, en su momento, Martín quedó en la otra vereda sin posibilidad de cruzarse a la mía. Los recuerdo, sí. Pero empiezo a creer que son apenas detalles a los que, eventualmente, podría acostumbrarme.
De repente, hay un fino hilo de esperanza.
Pero, ¿es realmente eso lo que quiero? ¿Acostumbrarme a alguien que no me obnubila ni me hace perder cuenta de los días? ¿Considerar a Martín como la opción para no estar sola?
No. Yo quiero a alguien que no me aburra con el paso del tiempo. Alguien de quien no tenga que acostumbrarme. Bien grande, NO. (Y ahí muere la incipiente esperanza).
Pizzu me reta, de manera amable. Me dice que pongo excusas, que no existe el hombre perfecto que me deje mariposas en la panza y una mirada atontada. La confronto y le digo que sí, que existe (en algún lugar tiene que estar).
Me aconseja que me abra, que le de una oportunidad. Que lo intente. Me relata la historia de una amiga suya que, en su momento, se encontró con un muchacho al cual no soportaba. Pero así y todo decidió darle una oportunidad; ahora llevan cuatro años juntos. Se acostumbró.
Empiezo a creer que no debería ser tan difícil esto. ¡Ponemos tanta energía y tanto drama en tratar de encontrar a un alguien que -la mayoría de las veces- no es la indicada! Simplemente no debería complicarse tanto.
Si alguien busca, escribe y encuentra, no tiene necesidad de ocultarse detrás de unos papeles atiborrados de trabajo. De llamarse al silencio.
Si a uno no le interesó una persona de entrada, no tiene que intentar convencerse de que con el tiempo las cosas pueden mejorar. No es justo conformarse con lo que hay. O, al menos, no es lo que yo quiero.
Dicen que el que busca, encuentra.
Lo que no dicen es con qué nos encontramos.