La sesión de hoy con mi terapeuta se sintió como deben sentirse las peleas de boxeo. Fue una lluvia de preguntas sin respuestas constante que no titubeaban en abofetear mi mente hasta dejarla atontada. Fue un abrir de ojos sin cesar mientras ella me enseñaba toda mi fragilidad y yo hacía esfuerzos por no quebrarla.
Me fui con el sabor amargo de una derrota y una gran duda dando vueltas por mi cabeza. Después de una hora de uppercuts y varios intentos por defenderme -e incluso contraatacar- salí del consultorio también con una sola certeza. Una solita.
Necesito estabilidad.
Un tiempo sin cambios impuestos por otros y poco aceptados por mí. Una temporada de eventos previstos y libre de sobresaltos. Unos días, semanas o incluso meses de tranquilidad.
Necesito estabilidad.
Para descansar finalmente en la certeza de saber que no hay más necesidad de adaptarme a lo nuevo, a lo diferente. Para ahorrar energía o bien utilizarla en otras cosas (porque el proceso de adaptación es inconmensurablemente agotador). Para recobrar todas esas partecitas de mi esencia que me arrebataron y ya no puedo regalárselas a nadie porque no están.... no están, como tampoco está él que tanta seguridad me dio y de un día para otro, plim plam plum, se fue. Y ahí vino el cambio. La inestabilidad. El dolor de la mano del duelo.
Necesito un poquito de estabilidad.
Para hacerle frente a la idea de que quizás mi vida esté teñida de ausencias.
10 septiembre, 2013
06 agosto, 2013
Amarras
Sucede que tengo dificultad en dejar ir las cosas. Soltarlas. Que el viento las lleve lejos, las arremoline a su antojo y las deposite en cualquier otro lugar. No puedo. Me cuesta.
Siento una angustia inmensa cuando se acerca el momento del adiós y se me acongoja el corazón justo cuando cierro los ojos con fuerza, evitando abrirlos para ver que ya no está aquello que se fue. Un objeto. Un abrazo. Un amor.
Y es entonces que, para evitar las pérdidas y los posteriores reclamos, ato con un delicado hilo infinito a cada una de mis posesiones. Para que en cuanto las necesite las tenga con sólo tirar de él. Para que cuando duelan tanto que las quiera bien lejos, las deje ir hasta ahí. Hasta donde mi mano permita, pero sin perderlas.
Porque, ¿qué sucedería si un día necesito esa palabra de aliento que desestimé por creer no merecerla? ¿cómo haría para volver a vivir aquél viaje que dejé olvidar por sentirlo tan pasado? ¿cuánto lloraría con estas ganas truncas de querer abrazarte y que no estés?
Por eso te tengo así, amor. Atado a mi corazón con un hilo difícil de cortar por tu silencio y tu ausencia. Firme, sin permitirte cambiar de posición y sin siquiera dejarte mover. Al alcance de mi memoria, pero sin perderte en mi olvido. Presente para cuando quiera hablarte. Ausente para cuando tu recuerdo duela.
Ahí te tengo, amor.
Hasta que el odio inunde mis ojos e invada cada fibra de mi corazón. Hasta que mi desinterés vaya haciendo más y más frágil al hilo que nos une. Hasta que el recuerdo ya no te quiera más acá y el olvido te espere con una sonrisa cálida.
Hasta que ya no te necesite más allí, y pueda finalmente dejarte ir.
Siento una angustia inmensa cuando se acerca el momento del adiós y se me acongoja el corazón justo cuando cierro los ojos con fuerza, evitando abrirlos para ver que ya no está aquello que se fue. Un objeto. Un abrazo. Un amor.
Y es entonces que, para evitar las pérdidas y los posteriores reclamos, ato con un delicado hilo infinito a cada una de mis posesiones. Para que en cuanto las necesite las tenga con sólo tirar de él. Para que cuando duelan tanto que las quiera bien lejos, las deje ir hasta ahí. Hasta donde mi mano permita, pero sin perderlas.
Porque, ¿qué sucedería si un día necesito esa palabra de aliento que desestimé por creer no merecerla? ¿cómo haría para volver a vivir aquél viaje que dejé olvidar por sentirlo tan pasado? ¿cuánto lloraría con estas ganas truncas de querer abrazarte y que no estés?
Por eso te tengo así, amor. Atado a mi corazón con un hilo difícil de cortar por tu silencio y tu ausencia. Firme, sin permitirte cambiar de posición y sin siquiera dejarte mover. Al alcance de mi memoria, pero sin perderte en mi olvido. Presente para cuando quiera hablarte. Ausente para cuando tu recuerdo duela.
Ahí te tengo, amor.
Hasta que el odio inunde mis ojos e invada cada fibra de mi corazón. Hasta que mi desinterés vaya haciendo más y más frágil al hilo que nos une. Hasta que el recuerdo ya no te quiera más acá y el olvido te espere con una sonrisa cálida.
Hasta que ya no te necesite más allí, y pueda finalmente dejarte ir.
02 agosto, 2013
Corazón mío
Hace un tiempo ya que regresé a mi vieja costumbre de llenar papelitos con frases sentidas en momentos poco oportunos. Vienen rebalsando mis bolsillos de aquellos pequeños trocitos de alma que voy garabateando entre clases de inglés, cuadernos de medicina y alguna que otra charla.
Es que tengo el corazón partido en mil pedazos.
Y no hay momento del día que pueda frenar la tristeza que carga mi ser. Es imposible armarme de fuerzas para retener las lágrimas e intentar una sonrisa. Es agotador ir sorteando los recuerdos que se cuelan en la rutina sin pedir permiso y que se aferran al corazón deteniéndolo en su latir.
Mil pedazos. Ni uno más, ni uno menos.
Y a pesar de que los junto y reacomodo las piezas hay algo que parece faltarle. Porque ya no late como antes, enérgico y atolondrado; ya no desprende magia por doquier ni acompasa el sonido de mi risa. Hace un eco sordo, ahora, que molesta al insomnio e incomoda al silencio. Tiene un repiquetear apagado, como si lo hiciera sólo por rutina. Triste. Gris.
Son los mismos mil pedazos que una vez estallaron, pero que con el tiempo logré rearmar.
Son los mismos mil pedazos que se sellaron cuando el amor los envolvió.
Son los mismos mil pedazos que ahora vuelven a quebrarse, porque el amor ya no está.
Es este mi corazón, entonces.
El de los mil pedazos.
Es que tengo el corazón partido en mil pedazos.
Y no hay momento del día que pueda frenar la tristeza que carga mi ser. Es imposible armarme de fuerzas para retener las lágrimas e intentar una sonrisa. Es agotador ir sorteando los recuerdos que se cuelan en la rutina sin pedir permiso y que se aferran al corazón deteniéndolo en su latir.
Mil pedazos. Ni uno más, ni uno menos.
Y a pesar de que los junto y reacomodo las piezas hay algo que parece faltarle. Porque ya no late como antes, enérgico y atolondrado; ya no desprende magia por doquier ni acompasa el sonido de mi risa. Hace un eco sordo, ahora, que molesta al insomnio e incomoda al silencio. Tiene un repiquetear apagado, como si lo hiciera sólo por rutina. Triste. Gris.
Son los mismos mil pedazos que una vez estallaron, pero que con el tiempo logré rearmar.
Son los mismos mil pedazos que se sellaron cuando el amor los envolvió.
Son los mismos mil pedazos que ahora vuelven a quebrarse, porque el amor ya no está.
Es este mi corazón, entonces.
El de los mil pedazos.
17 julio, 2013
Regresando
Volví.
Con más años.
Con un título.
Con el corazón hecho añicos.
Voví.
Con horas de terapia encima.
Con los ojos cansados de tanta tristeza.
Con la angustia de no saber hasta cuándo.
Volví también con varios kilos menos, con más experiencia y mucha incertidumbre.
Con una herida que no para de sangrar por un amor que fue inmenso y hoy se vuelve pequeño entre su silencio y mi desesperación.
Espero volver a encontrarlos, a ustedes.
Con más años.
Con un título.
Con el corazón hecho añicos.
Voví.
Con horas de terapia encima.
Con los ojos cansados de tanta tristeza.
Con la angustia de no saber hasta cuándo.
Volví también con varios kilos menos, con más experiencia y mucha incertidumbre.
Con una herida que no para de sangrar por un amor que fue inmenso y hoy se vuelve pequeño entre su silencio y mi desesperación.
Espero volver a encontrarlos, a ustedes.
24 abril, 2010
Chao
Entonces es buena suerte, chau, adiós.
Y lo que sea que pasó en todo este tiempo fue pierdiendo brillo y color hasta quedar como una vieja película de épocas antiguas. Lejana. A medio recordar. ¡Y vos que asegurabas no olvidarte de mí! ¡Y yo que confirmaba quererte por mucho tiempo más!
Será que nos desgastamos de tanto roce, tanta fricción; de tanto enojo y desencuentro; de tanta distancia. Será que nos agrietamos en esta larga espera, que cualquier agresión -por ínfima e insignificante que resulte- fue causa suficiente para hacernos estallar y dejar librados al aire miles de recuerdos y momentos compartidos. Restándoles importancia, o aniquilándolos con silencios.
Será que nos ganó el cansancio, que ni ganas tuvimos de andar juntando los pedacitos de algo que quizás fue inventado. O tal vez haya sido la comodidad de darse por vencido lo que nos devolvió al principio: a ser dos desconocidos de mundos distintos aunque rutinas igual de agotadoras. De besos tibios o amargos -vos dirás- en cada atardecer. Del cuerpo listo para rendirse en abrazos cálidos y el corazón dispuesto a enamorarse perdidamente de quien se desviva por hacernos feliz.
Habrá sido esto o aquello.
Habrás sido vos, o habré sido yo.
Sea como fuere, es así.
Buena suerte.
Chau.
Adiós.
vos,
que todavía pasás..
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